La historia de Darío Dubois, el futbolista metalero que se volvió leyenda

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Con la cara cubierta de pintura, Darío Dubois recorrió las canchas del ascenso argentino destacándose por esta singularidad y ganándose un lugar de culto manteniendo sus convicciones.

A finales de la década de los noventa apareció en las categorías menores del fútbol de ascenso un jugador particular, que no solo se destacaba por sus habilidades técnicas. Recorriendo las canchas del ascenso en su estado más puro y era imposible que su presencia pase desapercibida: su pelo largo ondulado y su cara pintada de negro blanco eran rasgos inconfundibles de Darío Dubois. “Esto me da polenta, vos te pintás la cara y salís a guerrear. Sé que los rivales se van a asustar, pero el reglamento no lo prohíbe. Yo escucho black metal, bien podrido, una música que me parte la cabeza y tengo ganas de jugar así, como soy”, declaró cuando le preguntaron por su apariencia dentro del campo de juego. Y siguió: “No me gusta jugar al fútbol. Lo hago porque es muy competitivo y me entreno mucho. No como carne roja, no fumo, no tomo alcohol ni drogas. Nunca lo hice. Además, la poca plata que gano me ayuda. Mi posición económica es desastrosa”.

Darío nació en Buenos Aires en 1970 y desde muy chico mostró interés tanto por el fútbol como por la música. Jugó como defensor central e inició su carrera en Yupanqui en 1994, y siguió su camino en Atlético Lugano, Ferrocarril Midland, Deportivo Riestra, Deportivo Laferrere y Victoriano Arenas; a su vez, tocaba el bajo en bandas musicales de diferentes géneros. 

Dubois jugó 13 encuentros con la cara pintada, hasta que la AFA emitió una reglamentación en la cual prohibió esa práctica. Esto generó un hito, ya que un jugador del ascenso había logrado incomodar las estructuras de la casa matriz del fútbol argentino.

Además, siempre se caracterizó por ser una persona solidaria y que priorizaba la justicia por sobre todo. Tal es así, que en 1995 jugando para Lugano, un sponsor le ofreció al plantel 40 pesos extras por partido ganado. El equipo ganó tres partidos seguidos pero lo prometido seguía siendo una deuda. Ante esto, Dubois tomó la decisión de llevar una cinta negra para tapar el nombre del sponsor de la camiseta, pero en la vorágine del partido se olvidó la cinta y terminó tomando barro del mismo campo de juego y cubriendo la camiseta con tierra mojada para tapar el sponsor. “La camiseta quedó toda cubierta de barro. El sponsor se reía de nosotros y no nos pagaba. Yo, con esa guita, viajaba”, señaló. 

Nunca se calló a la hora de reclamar ante las malas condiciones en las que se encontraban los jugadores de las categorías de ascenso, expuso casos de corrupción y honró la profesión a través de la práctica del deporte y la importancia de los valores del mismo.

En 2005 tuvo una grave lesión en sus ligamentos, el club en donde jugaba en ese entonces no costeó los gastos de la operación y se vio obligado a dejar el fútbol tras 146 partidos jugados y 13 goles convertidos. Tres años más tarde, en una madrugada de marzo cuando salía de trabajar como sonidista de un recital, fue víctima de un hecho delictivo que terminaría con su vida, pero no con su legado que lo ubica como un personaje de culto en el fútbol argentino y que logró trascender las fronteras para que su historia se expandiera hacia otros países. 

Darío Dubois vivió fiel a sus principios y apegado a sus convicciones, siendo un símbolo de resistencia y lucha. En su recuerdo vive “el lado B del fútbol”, donde no llegan las luces ni los grandes reconocimientos económicos, pero sí abunda la pasión, los sueños y el compromiso de superarse día a día. 

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